Dirigir es dirigir personas. Sin un grupo al que guiar, por pequeño que sea, no hay dirección. Se puede hablar entonces de controlar, coordinar, supervisar o administrar recursos, pero no de dirigir.
El objetivo de toda función directiva es conseguir resultados. Convertirse en directivo supone acceder a una posición laboral y social que incluye derechos y privilegios, pero que, antes que nada, entraña obligaciones y responsabilidades. Dirigir está más relacionado con ayudar a que los demás hagan que con hacer uno mismo. El nuevo directivo ha de aprender a convivir con la imperfección, a aceptar que no puede controlarlo todo y a tomar decisiones. Pero, además, ha de ser consciente de la responsabilidad que supone el poder de influir en la vida de los otros, pues ha de saber que sus decisiones tienen consecuencias sobre el resto de personas del equipo.
Para aprender, hay que saber escuchar. Los subordinados, colegas, superiores e incluso anteriores jefes son una poderosa fuente de información y consejos. En realidad, nadie puede enseñar a una persona a dirigir y a liderar, ésta ha de aprenderlo por sí misma. Y como todo aprendizaje, es un ejercicio de humildad y de audacia. El profesor y ex decano del IESE Juan Antonio Pérez López advertía que dirigir es dar ejemplo y crear negocio. Este tipo de líderes se distingue porque conoce el límite de sus fuerzas, es capaz de pedir consejo y sabe rectificar.
Para optimizar este aprendizaje, es necesaria una cierta seguridad psicológica. En el actual clima profesional, marcado por la competitividad, los directivos se sienten poco motivados. Por ello se hace imprescindible un cambio de cultura, que evalúe a los directivos por el talento que son capaces de fomentar en su equipo y no sólo por resultados inmediatos y tangibles.
¿Se dirigen personas o equipos de personas? Según el profesor Stein, lo óptimo es considerar a las personas como miembros de un equipo, que es el entorno donde se va a desarrollar el trabajo. Centrar la dirección en la relación individual con cada miembro no resulta eficaz, pues las personas, cuando se integran en un colectivo, pasan de tener un comportamiento individual a otro grupal. Por eso es necesario conocer el funcionamiento del grupo.
El gurú de la dirección de empresas Peter Drucker distinguía tres tipos de equipos. Los de béisbol, donde los jugadores desempeñan roles fijos que no suelen cambiar, como ocurre en una cadena de montaje. Los de rugby, donde cada miembro ocupa un puesto fijo pero trabaja en equipo y, como en una orquesta, coopera para que la partitura suene bien. Y, por último, los de dobles de tenis, donde cada persona tiene una posición primaria pero se adapta según las condiciones, como una banda de jazz improvisando.
El estilo de liderazgo y la estrategia a emplear variarán en función del tipo de equipo. A la hora de gestionarlo, es aconsejable tener en cuenta algunos puntos:
Antes de aceptar una promoción, el candidato ha de entender lo que se espera que haga, pero también debería interesarse por el modo en el que esperan que lo haga y los objetivos de su tarea. Toda esta información le ayudará a entender su nuevo papel y a tomar la decisión adecuada, pues ésta no tiene vuelta atrás.
Una vez aceptado el cargo, hay unos cuantos aspectos que es importante conocer y que pueden evitar más de un disgusto al nuevo directivo:
Fuente:
IESE Insight
http://insight.iese.edu/es/
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